domingo, 4 de octubre de 2015

"OPINIÓN DEL MÉDICO DE LAROYA SOBRE LOS FAMOSOS FUEGOS DE 1.945"

OLULA DEL RÍO
Comarca

LAROYA:
“LOS MISTERIOSOS FUEGOS DE LA SIERRA DE LOS FILABRES”

ABC, Jueves 5 de julio de 1.945 EDICIÓN DE LA MAÑANA. Página 14

(ES COPIA LITERAL). Dice así:
“Una carta interesantísima”
Don Bartolomé Luis Carrillo Corella, médico de Macael y Laroya (Almería), nos comunica, en una carta que damos a la publicidad por su extraordinario interés, numerosos detalles de los fuegos espontáneos que surgen en la Sierra de Filabres, cerca del pueblo de Laroya.
Dice así:
“Hace días que vengo leyendo las distintas informaciones que da la Prensa sobre los fuegos que se producen en un punto de la Sierra de Filabres, próximo a Laroya, pueblo vecino a este.
He observado que se ha fantaseado extraordinariamente sobre el fenómeno, aunque hay que reconocer que por los aspectos que presenta se presta a suposiciones completamente absurdas y a que fantasee a su gusto la imaginación popular, cuando todo debe tener una explicación, más o menos sencilla, pero completamente lógica y científica como la han tenido los famosos “fuegos sagrados” de los antiguos y que en nuestra Era se han traducido en riquísimos yacimientos de petróleo, sin que ni mucho menos quiera decir con esto que suponga su existencia; y paso a contarles detalladamente lo que ocurre, ya que no sólo tiene un gran interés publicitario, sino también un enorme interés científico.
Antes quiero hacer constar que los fuegos surgen espontáneamente en una zona de terreno completamente localizada, de unos 2 kilómetros de longitud por 1 Km. de anchura, aproximadamente, y situada a más de 1.500 metros de altitud, y en dirección Este-Oeste.
Hace meses que en esta sierra no ha llovido ni ha habido tormentas ni nubes ni nada que haya alterado siquiera unos minutos el tiempo esplendido que hace, aún cuando algo caluroso durante todo el mes de junio; y así continuamos hasta la fecha. El sol, naturalmente, no ha dejado de lucir ni un solo día, sin que se haya observado nada anormal en el cielo, y aún cuando hubiera habido algo inadvertido, resulta inexplicable que sus efectos queden reducidos a una zona tan pequeña y tan específicamente determinada.
Que la mano del hombre provoque este fenómeno lo desmiente categóricamente la misma naturaleza de su aparición, ya que los fuegos surgen de un modo espontáneo lo mismo en eras que en secanos, sembrados o con rastrojos, que en habitaciones y cortijos abiertos y habitados, que en viviendas cerradas y sin habitar.
Espontáneamente se inicia el fuego en haces de mies sueltos, en manojos de esparto pendientes de un clavo o estaca o en ropas y cañas colgadas en las habitaciones.
En la zona en cuestión hay enclavados varios cortijos, y el fuego apareció por vez primera el 16 de junio en el cortijo llamado de “Pitango”. Vea usted como: una niña, hija del aparcero, se encontraba en una de las habitaciones del cortijo cuando espontáneamente empezó a arder su vestido; acudió la madre y apagaron el fuego, que ya le había causado una quemadura en la espalda; acostaron a la niña en una cama, en otra habitación, y al poco la oyeron gritar; acudieron y encontraron la cama ardiendo por los largueros laterales de madera; apagaron el fuego y, pasado un rato, comenzó a arder el pajar, en la parte posterior de la casa; sofocaron el nuevo incendio, y empezó a arder una hacina en la era, y así, de esta forma, varias veces.
Acabaron los fuegos ese día y se reprodujeron el día 23 en Estella (Aldea próxima), en forma análoga, y a partir de este día, indistintamente, prendían en un cortijo o en otro, y así en la Fuente del Sar, Cortijo del Cerrajero, idem de Francisco y de Don Miguel Acosta. El fuego surgía en sitios inverosímiles: en un sombrero de segador colgado en la pared, en un manojo de esparto pendiente de una estaca, en una albarda en el porche, en la era, en los secanos; no acababan de apagarlos en un cortijo cuando surgían en otro, a 500 ó 1.000 metros de distancia; aparecían misteriosamente, por ejemplo, en la escobilla para limpiar el pesebre y que colgaba de una estaca sobre el mismo; en el centro de una caña colgada en la cámara, en el nidal de una clueca que empollaba sus huevos; vuelta a la era, en un haz de trigo, en la hacina, en una mata de maíz sola, en un rastrojo, y así hasta el día 26.
Los vecinos, asombrados y llenos de pánico, apagando aquí y allá, lo mismo de noche que de día, y, cuando tranquilizados pretendían dormir o descansar un poco, surgía el fuego, por ejemplo, en una chaqueta colgada de un clavo.
En fin, algo increíble, que obligó a los vecinos a desalojar los cortijos, sacando todos los enseres y víveres y esparciéndolo todo en pequeños montecitos por el suelo, igualmente que las gavillas de mies, que desparramaron una por una en el terreno en evitación de que el fuego se propagase. Y todo esto con días espléndidos, sin una nube, sin viento, con sol de maravilla y cielo completa y totalmente despejado y sin temperatura exagerada: de 18 a 22 grados.
Terminó, como digo, el día 26, y el día 30, a mediodía, surgió en otro lugar distinto a los anteriores, pero en la misma zona y a una distancia aproximada de 800 a 1.000 metros de los otros cortijos: en la venta de Juan Pilaro de igual forma que en los anteriores, y en el secano de las habillas, durante la siega, prendió espontáneamente en el vestido de una de las muchachas que segaban; y así continuamos.
Creo que con todo lo dicho sabrá hacerse cargo de lo que ocurre, y comprenderá que vale la pena de que llegue a conocimiento de técnicos especialistas que puedan aclarar las causas que originan este fenómeno, que, a mi juicio, tiene un interés extraordinario”.


Juan Sánchez-SEPTIEMBRE-2.015

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