jueves, 14 de mayo de 2015

"ENCUENTRO CON EL BANDOLERO CONOCIDO COMO "CARBONERO"

OLULA DEL RÍO
Comarca

“Jacinto: Encuentro nocturno cerca del Saliente de un niño con el bandolero apodado “Carbonero”

AUTOR: Pedro Felipe Granados.

“PORTALMANZORA”


Jacinto era un niño de 12 años que vivía en una gran ciudad del sur y que pasaba las vacaciones veraniegas con sus abuelos en esta zona. A sus doce años se empecinó en acompañar al abuelo a la “Romería del Saliente” a primeros de septiembre. Era el único primo que aún no había acompañado al abuelo para visitar a la Patrona. Eran tres meses de felicidad, de libertad y de aventuras a orillas de la “Fuente de la Mercedes”
Pero había algo que enturbiaba su felicidad. Casi al final de vacaciones, primeros de septiembre, el abuelo solía emprender un viaje para acudir a la “Feria del Saliente” Cada año le acompañaba uno de sus primos de más edad.
Los días previos al viaje, Jacinto no conciliaba fácilmente el sueño hasta altas horas de la madrugada imaginando como sería aquel lugar maravilloso del que los primos contaban y no acababan.
Aquel año, después de mucho insistir, se cumplieron sus deseos. Llegó el siete de septiembre y a Jacinto lo acostaron temprano porque había que madrugar al día siguiente. Muy de mañana su madre lo despertó. Le traía un café de malta con mucha leche de cabra. El tazón humeante venía acompañado de sopas de pan casero. Su madre, una vez hubo desayunado, le lavó la cara y le pasó el peine alzándole el flequillo en un arribaespaña bien empapado de agua de colonia.
Enjaezaron la mula más tranquila con la albarda mejor de la casa. Primero subió el abuelo y a él lo alzaron en la grupa. Ambos fueron abrigados con una manta tipo de viaje para evitar el relente de la noche-madrugada. Fueron varias horas por ramblas y veredas al paso tranquilo de la mula, guiados tan sólo por la claridad de las estrellas y la intuición segura del animal, acostumbrado, después de muchos años, a aquellos viajes nocturnos, realizados con puntualidad en la fecha improrrogable del siete de septiembre.
Durante el camino, el abuelo le fue contando de sus viajes al Norte de España para trabajar en las minas de carbón… Que tuvo que volver buscando de nuevo el sol y el buen clima que le calmase los accesos de tos provocados por la silicosis contraída por el polvo de la mina… Le refirió también la colección de minerales coleccionados durante su estancia en el lejano Norte y le hizo referencia de una cajita con tapa de cristal que guardaba en un arca y que sólo la dejaba ver en contadas ocasiones.
La llegada al “Saliente” se produjo con las primeras horas del día. A pesar de lo temprano de la hora, ya se percibía un bullicio y una expectación que asombraron a Jacinto. Acostumbrado durante los meses anteriores a la tranquila soledad del cortijo familiar, aquel trasiego de gentes y animales, aquel bullicio, la imponente mole del Santuario, contemplado por primera vez, lo dejaron casi aturdido.
Puesto el pie en tierra, y después de haber ayudado al abuelo, que, aunque firme y erguido en la montura, ya titubeaba algo en los andares, se dirigieron ambos al edificio.
El abuelo le hizo arrodillarse en el hueco libre de un banco y le indicó que rezara un padrenuestro y un avemaría.
Mientras murmuraba automáticamente y sin especial devoción las oraciones, el niño percibió el contraste entre el recogimiento del interior y el ambiente de fiesta y de bullicio del interior.
Salieron después a la explanada. A Jacinto le atraían los puestos de turrón y de bebidas, las gaseosas y naranjadas, las casetas cargadas de juguetes de todas clases. No sabía hacia donde mirar, los ojos se le llenaban de aquella abundancia y novedad. Pasearon entre las casetas, mirando, saludando a conocidos y parientes lejanos. Mientras el abuelo hablaba, él se quedaba a un lado observando el trajín de gentes y animales, tragando aquel polvo persistente que se levantaba del suelo y que se depositaba sobre todo en los relucientes zapatos que le había comprado su madre para ese gran día.
Pasaron la jornada y, antes de marcharse, entraron de nuevo al Santuario. Allí, el abuelo puso una lamparilla en el candelero y una vela al pie del altar de la Virgen.
Era la atardecida cuando emprendieron el regreso. Jacinto se acomodó en la parte delantera de la albarda. De nuevo la noche, el paso acompasado y cansino de los cascos del animal, y la luminosa e impresionante cubierta de estrellas titilando allá lejos, en el fondo negro del firmamento. De pronto, entre las brumas del sueño producido por el cansancio y las emociones, Jacinto pudo oír una voz que rompió el silencio de la noche:
-Salud y buenas noches.
Jacinto, amodorrado junto al cuerpo de su abuelo, notó cómo éste le pasaba un brazo por delante y lo atrajo hacia él, como para protegerlo:
-Buenas noches a usted y a la compaña -respondió el abuelo.
El niño intuyó que algo anormal ocurría. El abuelo lo mantenía sujeto con fuerza mientras hablaba con aquella gente, sombras entre las sombras nocturnas, de las que sólo podían distinguir la lumbre de un cigarro que de tarde en tarde resplandecía en el rostro de quien parecía llevar la voz cantante.
Hubo después una conversación, no exenta de tonos agrios, de la que él sólo recuerda que al hilo de las palabras se deslizó en dos o tres ocasiones el nombre de “El Carbonero”. En un determinado momento, el abuelo descabalgó del animal y se acercó a aquellos hombres, manteniendo una breve conversación con ellos, cuyo sentido no pudo percibir. El episodio acabó cuando las sombras desaparecieron por una boquera de la rambla, con el mismo sigilo y misterio con el que habían aparecido.
La llegada a la casa-cortijo se produjo de madrugada, y Jacinto sólo recordaba que, cansado por el viaje, lo acostaron en su cama, en la que se durmió nada más apoyar el cuerpo sobre las sábanas. Al día siguiente lo despertaron tarde, y cuando pasó a la cocina para desayunar le sorprendió que sus padres lo abrazaban con más fuerza y duración que de costumbre. Su madre llegó incluso a derramar unas lágrimas. Al fin y al cabo, no había sido un viaje tan largo, pensaba.
Jacinto había casi olvidado el episodio nocturno, cuando una mañana, algunos días después, una de sus primas entró en la casa con cierta alteración y comentó que un vecino había encontrado a la orilla del camino del olivar unas cáscaras de huevo que tenían escrita la frase “Aquí estuvo el Carbonero”. Entonces recordó de nuevo aquel nombre, ya olvidado, como si fuera un sueño, entre el cúmulo de emociones de la feria del Saliente. Preguntó quien era el Carbonero y su abuelo le respondió que los niños no deben saber ciertas cosas.
El verano acabó y Jacinto hubo de regresar con sus padres a la lejana capital del Sur para proseguir sus estudios de Bachillerato en el Instituto. Le esperaba un año lento de monótonos y borrosos estudios con la única esperanza de volver a los días luminosos de las vacaciones en casa del abuelo.
Sin embargo, sólo al año siguiente pudo Jacinto terminar de comprender el sentido de aquella historia. Una tarde de julio, después de la siesta, el abuelo lo llamó:
-Jacinto, tú que tienes buena letra, saca la pluma, que me tienes que escribir unas cosas que he escrito.
El niño extrajo el plumier que guardaba en un armario, cogió la pluma y se dispuso a copiar lo que el abuelo le dictaba. Se trataba de un romance, algunas de cuyas peripecias no entendía, pero entre lo que pudo extraer y las explicaciones, ahora sí. De su abuelo, se enteró de que aquella noche lejana había conocido a una persona de leyenda en aquellas tierras, un maquis huido de la justicia, héroe para unos, bandolero sin entrañas para otros. Junto a este recuerdo, Jacinto conserva hoy en la memoria, muchos años después, el fragmento inicial de aquel romance, que, pasado el tiempo, más parece una leyenda que una realidad.
“La historia del Carbonero,
un ejemplo verdadero
con pruebas que a nadie engañan,
por la ambición del dinero justificado en España”



Juan Sánchez-MAYO-2.015

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