miércoles, 11 de marzo de 2015

"EL MARRANICO DE LAS ÁNIMAS"

                                                     OLULA DEL RÍO
                                                         Comarca

                                    “EL MARRANICO DE LAS ÁNIMAS”

• “La vida en Olula del Río en los años 20”. Creencias Religiosas.
• D. Francisco Jiménez Casquet.

Existía la generalizada creencia de que nuestros allegados difuntos permanecían en el Purgatorio por un larguísimo periodo de tiempo después de la muerte. Los vivientes podían acelerar su definitivo traslado al cielo a base de oraciones y otros sacrificios. De ahí que en esta época que nos ocupa hubiera un culto y devoción especial a las “Ánimas benditas del Purgatorio” muy arraigado en aquella sociedad de los “años 20”.
Me atrevería a decir, sin ser teólogo, que era una devoción casi aberrante precisamente por el trágico concepto que teníamos en el transito del alma hacia la vida eterna. Era una visión tétrica que aún perdura en los cuadros del “purgatorio” que quedan en algunas iglesias, donde se contempla a una multitud de figuras humanas a relieve y envueltas en llamas, mientras que una de ellas es transportada por la Virgen del Carmen a la “gloria”. Todo ello propiciaba supersticiones y ficticias apariciones de almas en pena que pedían a sus familiares hicieran determinados sacrificios para acelerar su liberación del fuego. Esto se traducía en actos y penitencias a favor de las “Ánimas Benditas”, con lo que se conseguían indulgencias, que suponían indultos de tiempo que el alma de nuestros difuntos había de esperar su definitivo destino glorioso.
Mi objetivo en este relato no es menospreciar a los creyentes sobre las verdades de nuestro fin último, ni a poner en tela de juicio el hecho de que las peticiones y sacrificios elevados a Dios, cuando se produce la muerte de algún ser querido, sirven para conseguir del Todopoderoso la misericordia necesaria para el perdón de los pecadores en el momento del transito de la muerte a la vida eterna según el sentido de quienes tienen fe. Sólo pretendo criticar lo exagerado o supersticioso a que llevaban aquellos míticos conceptos de la devoción a la “Ánimas”, que en muchos casos originaban actitudes irreverentes en los deseos de liberación de las almas de nuestros difuntos, consiguiendo indulgencias, como lo acredita la conocida anécdota que relata que, en cierta ocasión, una Tuna de estudiantes decidió echar una serenata a las autoridades de la población con el fin de recaudar fondos para seguir sus juergas o ayudar a financiar un viaje de estudios por el extranjero, sin que en él se obtuviera otra cosa distinta a conocer otros países. Cuando llegó el turno de echar la serenata al señor cura, después de la actuación, éste aprobó la actuación de los chavales y tanto fue lo que agradó este gesto al pastor de las almas que a los astutos estudiantes concedió trescientos días de indulgencias. El representante de la Tuna dirigiéndose al clérigo de manera desenvuelta, le dijo:
-¿Puede usted darnos la mitad en dinero?-
Desde luego en Olula no era raro de que cuando alguien se encontraba en apuros acudiera a la devoción de las “Ánimas” por medio de alguna promesa para conseguir, con su mediación, la salud del familiar enfermo o la resolución del problema que se la había planteado.
No era difícil escuchar en cualquier familia alguna formulación de promesa tal cual esta:
-¡Señor!, si me sacas de este apuro le llevaré media arroba de aceite a las “ánimas del Purgatorio”
Otra conocida anécdota es la del cazador que marcha a las montañas de la Sierra de Olula con su fiel perro, colaborador indispensable y con el que mantenía el siguiente diálogo:
-“Si tenemos suerte y cazamos dos conejos, uno será para mí y el otro para las “Ánimas benditas”-
Llegó al lugar escogido. Favorecido por la suerte, pues en el primer rastreo su perro se puso en guardia, anunciando con signos adecuados que allí estaba la codiciada presa: dos conejos, ajenos a la presencia del cazador, se arruyaban sin prever la tragedia que les esperaba.
Nuestro hombre se echó la escopeta a la cara. Apuntó a uno de los animales y disparó con acierto, consiguiendo tumbarlo, previa una grotesca cabriola. El conejo acompañante fue más vivo que su cazador. Emprendió tal carrera que en pocos segundos consiguió situarse fuera del alcance de su agresor.
El experto cazador comprendió que era inútil su segundo disparo. Y reanudando el diálogo con su fiel compañero, como si de persona entendida se tratase, señalaba al conejo que huía diciendo:
-¡Mira como corre el de las Ánimas!-
Otra de las actividades de la Hermandad de Jesús era que el Hermano Mayor, en unión de otros cofrades, recorrían las casas del pueblo pidiendo una limosna para las “Ánimas”. Al llegar a cada puerta, tocaban la campanilla que portaba uno de los postulantes, a la vez que decía en alta voz:
-¡Las “Ánimas Benditas”!-
A dicho requerimiento se respondía en casi todos los hogares con la entrega de alguna limosna, generalmente en especie (aceite, trigo, tocino, etc. etc.) que después se subastaba en lotes para hacerlo dinero.
Lo más pintoresco en esto de las “Ánimas” era que casi todos los años algún feligrés para cumplir determinada promesa, compraba en el mercado un marranillo recién destetado y lo echaba a la calle, no sin antes hacer público que aquel animal era “el marranico de las Ánimas”
El “marranico”, recorría a diario las calles del pueblo y rara era la casa donde no le proporcionaban un puñado de trigo, cebada o cualquier otro alimento que contribuyera a su desarrollo. El animal, como si se tratara de algo sagrado, era respetado y halagado por quien lo encontraba deambulando en busca de alimento. Cuando llegaba la hora de su descanso, encontraba cobijo en la casa que le placía.
Hasta los chiquillos, tan aficionados a tirar piedras o a dar puntapiés a los animales que encontraban a su paso, guardaban un singular respeto hacia el “marranico de las Ánimas”, influidos por la conducta especial que observaban en los mayores.
Tengo concretas referencias de que una niña, cuando iba a hacer la Primera Comunión, confesó como su más grave pecado que le había tirado del rabo al “marranico de las Ánimas”. Aún después de muerto y sacrificado se le atribuían poderes sobrenaturales; así, a la matanza siempre acudía alguna gitana implorando “el rabo del marranico”. Cuando lo conseguían, marchaba a casa y lo hacía tantos trozos como “churumbeles” había. Cada gitanillo/a comía el trozo correspondiente pues existía la creencia entre los gitanos de que dicho alimento tenía la virtud de que al ingerirlo evitaba que salieran “pupas” a los “churumbeles”, que tan plagados solían estar de ellas, más que por cualquier otra razón, por su acreditada falta de higiene.


Juan Sánchez-MARZO-2.015

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