jueves, 1 de enero de 2015

"TÚ RÍETE"

                                                     OLULA DEL RÍO
                                                         Comarca


                                                     “TÚ RÍETE”

• AUTOR: Andrés Molina.


• Profesor Técnico de Oficina de Proyectos de Construcción.
• IDEAL-Actualidad.
• Miércoles 31 de diciembre de 2.014

La maleta de madera recién pintada secaba el barniz, la correa de cuero rodeándola se unía en la hebilla oxidada; olvidada había estado sobre el armario desde la boda antes de la fatídica guerra, donde una carcoma vivía hasta que una bola de alcanfor la importunó.

El espejo copiaba mi imagen buscando el único pantalón de pana sin parches y agujeros, colgado de Semana Santa a fiestas y del Rosario a Navidad; dos camisas, una blanca de cuello cura, otra más amarillenta y picos largos, tres pares de calcetines negros y una muda sin estrenar por si caía enfermo, formaban el ligero equipaje; la demás ropa la llevaría puesta bajo el gabán de franela.

Me llamaba Barcelona de la Sagrada Familia, del Ensanche, de grandes bancos y casas de señores, donde la piedra hablaba de riqueza y trabajo, la ciudad de las oportunidades que la cantera ahora me negaba.

Pedí cien pesetas prestadas para devolverlas con su correspondiente gabela y el mulo para no dejarlo sin amparo decidí llevarlo conmigo, como había hecho desde aquel martes en el mercado de Albox donde por encima del varal me miró.

Cerré las ventanas y la puerta de la casa, la llave cayó en el fondo del bolsillo queriendo esconderse por un tiempo. La mirada atrás a la calle me dejaba un desasosiego por la incertidumbre del viaje, mordí un higo pajarero caído de la será vacía y noté el trote del animal hincándome la cincha en la pierna.

La estación de tren Fines-Olula tenía movimiento de mozos cargando bateas de tablas y fregaderos, la grúa inglesa recogía la cadena en el tambor elevando basas pesadas y tablones. Un billete de tercera para mí y con la cartilla veterinaria uno para mi acompañante -me apresuré a pedir en ventanilla-. El jefe de estación me miró por encima del monóculo -postura difícil-, levantó su gorra azul de franja roja y con un soplido denegó el pasaporte al animal aduciendo la falta de un vagón ganadero.

Insistí en la nobleza y el buen comportamiento del susodicho, tan sólo un rincón, paja y un cubo de agua sería suficiente…la negativa volvió a sonar en tanto la cola se acumulaba. Desistí de esta fórmula y corrí hasta la higuera donde lo había dejado durante el trámite. El convoy del catalán lo formaban siete coches, un correo y la máquina; recorrí el andén hasta el final, las letrinas marcaban el último edificio, un pequeño terraplén junto al guardagujas facilitó el acceso a la vía, el humo de la chimenea y el vapor de la caldera hicieron la niebla perfecta para esconder al polizón de cuatro patas atado a la barandilla del último vagón.

La campana y la bajada de la bandera marcaron la marcha incluyendo el trote del jumento. El revisor picó mi billete antes de llegar a Cantoria y cogido del pasamanos y a las ventanillas avancé hasta la cola, levanté la manivela abriendo la puerta. Los labios de mi mulo mostraban la dentadura blanca, sonriente y feliz…¡tú ríete, como no has pagao! -le increpé-, ya no lo volví a ver más, ahogado quedó el pobre patas arriba, entre las traviesas y la vía terminó su viaje por este mundo.

La noche cerrada me dejó ver el resplandor a lo lejos de la ciudad buscada; la maleta conseguí bajarla sin que un gorrilla la cogiese buscando una peseta que no le daría. Miré triste al último vagón por si asomaba mi compañía…no estaba. Cabizbajo anduve un rato hasta alcanzar una pensión en una calle estrecha, la luz de la puerta apenas iluminaba los escalones. Un hombre adormilado me dio la llave de la habitación y una toalla sin lustre; caí a la cama bocabajo y así amanecí, con el ruido de un tranvía chasqueando los raíles, abrí los ojos.

Salí a buscar trabajo, todas las avenidas eran iguales, coches, bicicletas y camionetas, nunca había visto tanta gente ni tantas ruedas juntas. Pregunté en una marmolería de la calle Sanz, en un lapidario del cementerio de Montjuic y conseguí hablar con un encargado de la cantería de los pies del Templo Expiatorio, mi suerte aquel día no me dio el trabajo deseado.

Desanduve escaparates, parques y bares, todos iguales, hasta que mi sentido de la orientación quedó bailando. Ahora estaba perdido, no había conseguido memorizar el nombre de la pensión, la calle y el barrio, paré un instante y tras una valla vi el tren pasar. La tarde caía gris plomizo, el dinero estaba en la maleta sobre la cama de la pensión, subí el cuello del gabán y pisé la primera traviesa camino del sur.

No dejé de ver todas las estaciones, los pasos a nivel, los puentes y los túneles, aprendí el sonido de los correos, los expresos y los cargueros. Comí sólo fruta robada a pie de la vía y doce días después dejé el carril de hierro para pisar la tierra de Macael.

“Enquillao” y con los zapatos sin suela, saqué la llave del bolsillo, la giré y al abrir la puerta juré que siempre viviría aquí, sin tranvía, sin luces de neón…al fin y al cabo no los necesitaba.



Juan Sánchez 2.014

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