jueves, 1 de enero de 2015

"CARTA DE UN PADRE A UN HIJO ESCRITA POR EL HIJO"

                                                   OLULA DEL RÍO
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                                “CARTA DE UN PADRE AL HIJO, ESCRITA POR EL HIJO”


AUTOR: Fernando Navarro García.

UNED: Co-director Master Gestión Directiva de Entidades no Lucrativas.
Miembro del Consejo Científico.
Comité de Certificación FORETICA.
Profesor universitario.
Autor del "DICCIONARIO BIOGRÁFICO DE NAZISMO Y III REICH".
Director A de Relaciones Académicas.
Director de Formación: Acción Contra el Hambre.
Coordinador ACF Angola.
ASCER: Patronal Española de la Industria Cerámica.
Asociación Española Contra el Cáncer.


Nieto de Francisco García Sánchez “Maestro de Huitar”. Hijo de Lucía García Peña (Luchita) que también ejerció la docencia en Olula y ya no está entre nosotros. Fernando Navarro visitó la casa de sus abuelos situada en la calle del Pilar número 5 de Olula del Río en más de una ocasión siendo niño.
Hoy, Fernando nos sorprende con esta reflexión. Su padre, también Fernando, sufre demencia senil. Fernando hijo expresa lo que su padre le hubiera dicho a él antes de enfermar:
“No me recuerdes así, hijo mío.
Sabes que ya no soy el nadador contra corriente que siempre fui, ni la mente despejada, ni el cuerpo fuerte y resistente. Sabes que mi orgullo fue no enfermar y también sabes que nunca me quejé, ni protesté, ni gemí quejumbroso, ni grité asustado bajo las sábanas como hago ahora.
Recuérdame riendo, cuando yo ya no sonreía y recuérdame optimista cuando todo lo vea negro…
Recuerda más bien, hijo, aquellas noches lejanas con estrellas que escrutabas mientras yo te explicaba que su luz viajaba desde un lejano pasado, recuerda las noches de guitarra clásica, rancheras, y las tardes de frontón con el sol bañando el muro verde en el que corrían nuestras agigantadas sombras…
Recuerda todo eso, hijo mío, pues yo ya todo olvido…
Recuerda, hijo mío, la cala elíptica y la mar inmensa y azul, y nuestras estelas blancas y saladas cuando nadábamos juntos a La Isla Negra (Terreros) recortada y que parecía tanto más lejos cuantas más brazadas dábamos. Y tú nada temías pues yo te protegía. Eras muy niño y a ratitos te asías a mí como hubiera hecho un patito patoso. Las sinuosas algas submarinas te asustaban, pero a mi lado no las temías pues sabías que nada en el mundo podría dañarte. Y por eso seguías nadando sobre el negro algar, hacia la línea del horizonte a la que nunca arribamos. Y esa confianza te salvó una vez la vida, aquella noche en la que te dije mirándote a los ojos: “Confía en papá: no te muevas, hijo mío, deja que el doctor te tape la herida…”. Y creías tanto en mí que a pesar de tu miedo y tu dolor dejaste de agitarte, y pudimos coser la herida por la que perdías la frágil vida…
Recuerda todo eso, hijo mío, pues yo ya todo olvido…
Recuerda hijo los planos revueltos, las escuadras y la regla de cálculo que para ti fue siempre Excalibur. Yo amaba mi trabajo y aun más os amaba a vosotros, pequeños diablillos bajo la mesa, y trataba de realizar mis cálculos mientras andabais enredados entre el papel vegetal y los planos de planta y los alzados de edificios que aun no habían nacido. Y tu, hijo mío, aunque no entendías aquellas líneas, acotaciones y números, disfrutabas con los bocetos en carboncillo de chalet y de casitas en las que yo siempre añadía personas misteriosas y hasta gatos.
Recuerda todo eso, hijo mío, pues yo ya todo olvido…
Y os quise tanto, hijo, que fue mi casa mi universo, mi vida, mi vía láctea y mi castillo. Y como orgulloso y silente albacea guarde -sin tu saberlo- tus primeras entrevistas, tus primeros artículos, tus tempranos y modestos éxitos que para mí lo eran todo. No te dije nada, pero los guardaba. Los guardaba bien juntitos con viejas cartas amarillas de mi padre muerto, con cien fotos, dos esquelas, una medalla y la hoja seca de un limonero lorquino. ¡Allí estaban las glorias familiares y tu, hijo mío, junto a ellas!. Recuerda mis recuerdos, hoy que ya todo olvido.
Recuerda lo que hablábamos y lo mucho que reías. Eras nuestro pequeñito Lucas, nuestra carica de luna. Te escuché siempre como se escucha a un adulto y en tu niñez sabes bien que fui de los tuyos y no hubo hombre grande alguno que te hiciera sombra cuando me hablabas. No tuve que interpretarte, hijo mío, ni asentir sin comprenderte pues tu mundo mágico y pequeño era también el mío y me gustaba habitarlo y quizás por eso hoy a ese reino he regresado.
Recuerda nuestros juegos, el pasillo largo y negro y el “bichito” bajo un viejo batín que hacía vuestras delicias; y los pinos en la playa y el enorme balón de Nivea y la omnipresente super8 con la que conservé para vosotros todo lo que yo hoy olvido. Y recuérdame con ella, con tu madre, con mi amante, con mi diosa enamorada. Tanto la amé que aun la veo y la acaricio y la llamo y no la olvido. No hay Alzheimer que la pueda, ni olvido que me la borre. Fue mi amor toda mi vida y cuando mi cerebro muera ella seguirá ahí para recordaros lo mucho que nos quisimos.
Y se bien, hijo mío, que todo eso ya no logro recordar y cuando las sombras son más confusas hasta creo que eres mi padre y mi hermano y hasta yo mismo hace medio siglo. Y algunas veces, algún retazo resucita desde el fondo del olvido y te miro y te toco y vuelves a revivir mi corazón recuerda que existe y que te quise, y que eres mi hijo y siempre lo serás. Sé que leerás todo eso en mi ausente mirada pues nuestro vínculo invisible se impondrá al tirano que erosiona mis recuerdos con el agua del Leteo. Coge entonces mi mano, rodea mi hombro, abrázame fuerte y mírame como si hoy fuera yo tu niño y no olvides, hijo mío, que mis recuerdos ya no son hoy míos sino tuyos.
Recuerda todo eso, hijo mío, pues yo ya todo olvido…”


Juan Sánchez 2.015

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